(…)
Lori entraba ella misma abrigando a los chicos, las voces en la clase eran
múltiples, enseñaba confiada que los chicos y chicas guardarían lo que enseñaba
para más adelante, cuando pudiesen entender. Así les habló de que aritmética
venía de “arithmos” que es ritmo, que número venía de “nomos” que es la ley y
la norma, norma del flujo universal del niño. Era demasiado temprano para decir
eso, pero gozaba del placer de hablarles, quería que supiesen, a través de las
clases de portugués, que el sabor de una fruta está en el contacto de la fruta con el paladar y no en
la fruta misma. No había aprendizaje de nada nuevo: era sólo redescubrimiento.
Y llovía mucho ese invierno (…) y buscó y compró para todos los alumnos y
alumnas de su clase, paraguas rojos y medias de lana rojas. Así es como ella
encendía el mundo.
Clarice Lispector. Un aprendizaje o el libro de los placeres. Buenos Aires. Ed.
Corregidor. 2011. (p. 99)
(...) Virginia, despierta en el instante apresurado se volvía hacia atrás, suavemente para no destruir nada, y sí, allá estaba la ardiente mitad ardiendo viva bajo el calor del sol, mitad frescamente negra... muerta y sombría, un lago en la floresta. Virginia respiraba, el rostro móvil, suelto. Sin ver, no obstante podía sorprender el campo en sombras detrás de la escuela, los yuyos largos vibrando nerviosos y verdes al viento. Un momento después, en una caída minúscula y silenciosa, las cosas se precipitaban en su verdadero color. La sala, el cielo, las niñas, se comunicaban entre sí con distancias ya marcadas, colores y sonidos fijos -el deslizar de una escena muchas veces ensayada- . Virginia comprendía confusa que todo había sido visto hacía muchos años. Para mirar de nuevo lo que ya viera y que ahora había huido como para siempre, intentaba comenzar por el final de la sensación: abría los ojos bien grandes de sorpresa. (...)
Clarice Lispector. La araña. Buenos Aires. Ed. Corregidor. 2009. (p.81)