En tiempos de transformación, se
vuelve indispensable pensar nuevamente el concepto de autoridad en el terreno
educativo. En ese borde incierto que delimita las épocas, un pensamiento que
retome una y otra vez las mismas preguntas viene a abrir el tiempo de la
promesa. Es posible que hoy, los análisis y reflexiones en el campo de lo
educativo se encuentren recubiertos de percepciones de malestar y sentimientos
de pérdida más que de convicciones acerca de lo que implica la tarea de educar
y es posible que sea ésta una muy buena oportunidad para volver a pensar “las
cosas mismas”, en palabras de Arendt[1] Es
decir, resituar lo que implica educar en nuestro tiempo, pensando de otro modo
sus relaciones, sin perder de vista lo que requiere preservarse: a quiénes, con
quiénes, desde qué lugares, mediante cuáles procesos al interior de las
instituciones, modos de organización, palabras, vínculos, espacios, tiempos y
formas. Trabajo del pensamiento, del “dar forma” y de la invención.
Algunas cuestiones demandan ser
revisitadas hoy con cierta urgencia, en las instituciones educativas. Los
lugares de los sujetos que aprenden y los sujetos que enseñan conforman una de
esas cuestiones urgentes, porque las transformaciones políticas, sociales,
económicas e institucionales de nuestro tiempo no dejan intactas las
condiciones en que se constituyen los sujetos de la educación. Sin embargo,
esas transformaciones subjetivas son leídas a menudo como puro déficit de los
sujetos supuestamente incapacitados para incluirse en una cultura escolar ya
naturalizada y, en consecuencia, no interrogada.
Contamos abundantemente en
educación con teorías de la distinción de seres, de sujetos con atributos, de
niños/as y adolescentes categorizados, de maestros en problemas, teorías que
proliferan en las escuelas, en las que un conjunto de profesionales (algunos
maestros, profesores, psicólogos, sociólogos) despliegan sus saberes
confirmadores de categorías. Sin aventuras intelectuales, estos saberes se unen
entre sí para confirmar y garantizar un trazado desigualitario en las escenas
educativas.
La propuesta de concebir una
“autoridad emancipatoria” contribuye a una indagación que gira la mirada hacia
la autoridad misma y a la institución que la sostiene. El lugar del que enseña
se vuelve así posible de ser interrogado, “criticado” y reconfigurado. Para
ello, se requiere echar a andar sentidos aletargados y en ese movimiento,
componer un nuevo lugar para la autoridad hoy, en nuestro tiempo.
En el recorrido
que Arendt realiza en torno al concepto de autoridad[1],
recorrido histórico y político, parece haber una voluntad y un objetivo: dar a
pensar a la autoridad ligada íntimamente al campo político y diferenciada del
poder, en un movimiento que interroga una y otra vez los problemas del vivir
juntos de los humanos. Por esto es que el lugar de la autoridad guarda una
particular importancia, como aquel que funda y sostiene, se hace garante y
protege el espacio “entre” los hombres[2], ese
mundo común que es construcción siempre por hacer y rasgo de lo humano siempre
a renovar.
La filósofa
señala el origen romano del concepto, su vinculación con la fundación en el
sentido sagrado que asumía la fundación para los romanos: dar comienzo a una
nueva institución política y hacerla crecer, aumentarla, a partir de una
autoría y garantizando su crecimiento. El origen de la palabra, señala Arendt,
proviene de auctor augere, es el
autor que funda y aumenta constantemente la fundación de una ciudad o de una
institución, no el artífice que construye parte a parte esa ciudad sino el que
le da nacimiento, produciendo algo nuevo. El verbo augeo no implica sólo hacer crecer algo ya existente, sino hacer
que algo nuevo exista generando su crecimiento desde su seno[3]. Es
así como el “hacer crecer”, el aumento al que alude la raíz latina augere, ubica a la autoridad ya no como
quien ejerce poder sobre otros en razón de un lugar de superioridad, sino por
pertenecer a un mundo común y asumir una responsabilidad en él, por contar con
una experiencia que habilita a la fundación. El “poder” de dar comienzo a algo.
Una autoridad que se constituye entre dos o más de dos, donde algo más que ella
misma y sus palabras o gestos está incluido. Es el espacio que habilita lo que
subraya la autoridad vinculada a la “fundación” arendtiana, y no su lugar -jerárquico o jerarquizado-
prevaleciendo sobre otros. En este planteo, lo que importa es lo que nace a
partir de la autoridad, lo que comienza a acontecer a partir de la fundación y
no un orden de imposición, dominación o sometimiento.
Kojève y el reconocimiento
En
la perspectiva de Kojève, la autoridad no se impone, no requiere gestos
grandilocuentes ni la fuerza de la violencia o la explicación convincente. El
reconocimiento de la autoridad es lo que hace que alguien la ejerza en tanto
soporte material de una autoridad que viene de lejos. Sus acciones se sostienen
en un reconocimiento de quien recibe la auoridad, sin reconocimiento ella no
existe.
Kojève remarca
estos rasgos fundamentales:
-
la autoridad es siempre una relación social. Por tanto, imposible
de autoinstituirse sin un espacio de relación con otro, que a su vez se incluye
en un marco social e institucional más amplio,
-
la autoridad supone acciones sobre otros que las aceptan y que
renuncian a reaccionar en su contra, a oponerse, por voluntad propia y
libremente,
-
la autoridad tiene siempre un carácter legal o legítimo, se le
otorga legitimidad por vía del reconocimiento; a su vez, la autoridad le da
“vida” a la legalidad de una norma,
-
el reconocimiento ocupa el lugar de la sumisión o de la
obediencia, reconocer es aceptar la autoridad de alguien porque ofrece un
espacio para vivir, proyectarse, construir con otros, formar parte de,
-
el ejercicio de la autoridad excluye la fuerza y la coacción,
-
el ejercicio de la autoridad incluye la renuncia, aceptar cambios
en uno mismo, perder algo anterior, dando lugar a otra cosa.
¿Qué es lo que
promueve la renuncia? se pregunta Kojève en su texto La noción de autoridad[4]
y responde que la renuncia depende del tipo de autoridad que ejerce su acción
con objetivos diferentes: Padre, Jefe, Amo, Juez. Cada uno de ellos asume un tipo
diferente de autoridad y otorga una posibilidad: el Padre encarna la causa y
ofrece la continuidad en una herencia o filiación, el Jefe encarna un proyecto
de vida y ofrece la inscripción en él, el Amo encarna el riesgo de perder la
vida y ofrece protección, el Juez encarna el orden basado en la justicia y la
equidad y ofrece la posibilidad de vivir en un mundo justo y equitativo. Por
ello, ante cada tipo de autoridad se renunciaría por motivos también diversos: formar
parte de una herencia (Padre), obtener un proyecto de vida propio (Jefe),
preservar la vida (Amo), vivir en un mundo justo y equitativo (Juez).
Ejercicio de la
autoridad y renuncia entrañan acción y movimiento, ofrecimiento y recepción,
propuesta y aceptación. Kojève parece decir, además, que el movimiento es
doble, que la renuncia se da de ambos lados, ni totalmente activos ni
totalmente pasivos, en el marco de una relación de autoridad, quien la ejerce y
quien la recibe, ambos se transforman incluyéndose en un proceso que incumbe a
los dos, en diferentes lugares. Autoridad es movimiento, cambio, acción real o
posible en el marco de una relación social e histórica, entre dos sujetos, por
lo menos: uno que provoca el cambio y otro que lo realiza, visible o
tácitamente. El fenómeno de autoridad es así fundamentalmente social y no
individual ni natural y entraña la posibilidad de que alguien actúe sobre otro
y éste lo acepte asumiendo una transformación de sí mismo. Es por esto que, por
definición, una autoridad debe ser reconocida como tal para ejercerse y el
hecho de hacer intervenir la fuerza o la violencia para influir sobre otros,
implica que allí no hay autoridad.
Una autoridad pone en marcha un
cambio en el otro cuando ella misma se implica en el movimiento, asume su parte
en la relación que los reúne en torno a un mismo trabajo. La solicitud de
renuncia no es sólo para quienes reciben la influencia de la autoridad sino
también para la autoridad en su aceptación de los propios límites y en la necesidad
de ejercer un “trabajo” en relación, configurador. El territorio educativo es
particularmente sensible a este doble movimiento.
Rancière y la emancipación
Una filosofía de la emancipación
contemporánea se propone desplegar sentidos en torno a lo que los sujetos
pueden ser, devenir, transformar en ellos mismos, desde relaciones de igualdad
que a menudo contradicen lo que el orden social habitual impone (un mundo
dividido en los que pueden y los que no, los que saben y los que no, los
inteligentes y los incapacitados, los herederos y los desheredados, etc). Un
sujeto emancipado es aquel que “sale de la minoridad”, se hace cargo de pensar
por sí mismo[5] y asume
por sus propios medios: miradas, inteligencia, palabra, escritura, voz, una
posición desde donde hacerse escuchar y “tener parte”. Esta posición emancipada
no alude a un desligamiento de los otros en ámbitos sociales e institucionales,
pero coloca continuamente en tensión, su lugar de igualdad con otros y los
lugares habituales a los que se lo confina en posiciones de desigualdad.
La emancipación reside, en el pensamiento ranceriano, en un modo
de ver, pensar, actuar y hablar desde la
propia capacidad de percibir el mundo “con otra mirada” y, desde allí, reconfigurar las líneas
divisorias de lo que se comparte y reparte, de lo que es común a todos y a
cualquiera y lo propio que se vuelve impropio. La emancipación sería ese
proceso por el cual nos damos la posibilidad de salir de lo cristalizado y
fijo, en tanto lugares que a cada uno le “corresponden” supuestamente por
nacimiento, herencia o destino e interrogarlos en el pensar y hacer cotidiano.
En ese retrazado de divisiones y reconfiguración de un mapa de nuevas relaciones,
se juega el trabajo político de educar.
En El espectador emancipado[6]
Ranciére cuestiona la habitual distribución de posiciones entre la
actividad de quienes actúan y la pasividad de quienes ofician de espectadores.
Del mismo modo, es posible cuestionar la ignorancia del alumno y la sabiduría
del maestro[7],
el lugar de los explicadores y los explicados. Cuando estas posiciones se
cuestionan, necesariamente el lugar de autoridad se reconfigura, no para
destituirlo sino para reubicarlo en un nuevo marco en el trabajo de educar.
Mirar
es también una acción que confirma o transforma esta distribución de
posiciones. El espectador también actúa, como el alumno o el sabio. Observa,
selecciona, compara, interpreta. Relaciona lo que ve con muchas otras cosas que
ha visto en otras escenas, en otro tipo de lugares. Compone su propio poema con
los elementos del poema que tiene enfrente. (2010)
Una
alumna adulta, en un Centro educativo de nivel primario para adultos, en Buenos
Aires, decía que para ella, haber aprendido a leer y escribir era como “haber
visto amanecer por primera vez”. Apropiarse del lenguaje escrito le permitía
ver el mundo ya visto con la luz de un nuevo día ahuyentando las penumbras
nocturnas que, a menudo, ponen distancia entre la visión y el mundo. La alumna
afirmaba ver amaneceres cada vez que lograba leer una frase y se animaba a sí
misma a escribir poemas, lo que supone una implicancia subjetiva ante la nueva
capacidad alcanzada y la osadía de sentirse poetisa en el mismo momento de
aprender la escritura. Una nueva posición de sujeto la encuentra, la soprende,
un desplazamiento para tener parte y ser parte de un mundo antes vivido como
ajeno.
En
esta perspectiva, quien ejerce la autoridad en educación es quien tiene la
responsabilidad de habilitar esas posiciones de autorización en otros, los
alumnos, quien interroga la supuesta naturaleza de la relación pedagógica donde
se afirma que alguien enseña porque sabe y alguien aprende porque no sabe. Es
quien no se conforma con la supuesta imposibilidad de un sujeto para aprender
en la escuela y se hace cargo de instituirlo capacitado, posibilitado. Un
maestro emancipado sería así un configurador de situaciones de
emancipación donde verificar que todo alumno
puede aprender mediante la creación de condiciones habilitadoras para todos.
María Beatriz Greco
[1] Arendt H. “¿Qué es la autoridad?, en Entre pasado y futuro. Ocho ejercicios sobre
la reflexión política, Barcelona, Ed. Península, 2003.
[5] Siguiendo el pensamiento
kantiano que Foucault retoma en su texto “¿Qué es la Ilustración?” (1996)
[6] Rancière
J. El espectador emancipado, Buenos
Aires, Ed. Manantial, 2010.
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