autoridades de otro tiempo

autoridades de otro tiempo
mirarlas para volver a pensar la posición docentes actual

viernes, 16 de noviembre de 2012

ficciones




Fingir no es proponer engaños, es elaborar estructuras inteligibles. La poesía no tiene que rendir cuentas sobre la “verdad” de lo que ella dice, porque en principio, ella está hecha no de imágenes o de enunciados, sino de ficciones, es decir de arreglos entre los actos. (...)

La disposición ficcional no es más el encadenamiento causal aristotélico de las acciones “según la necesidad y la verosimilitud”. Es un arreglo de signos. (...)

Lo real debe ser ficcionado para ser pensado.(...)

La Política y el arte, como los saberes, construyen “ficciones”, es decir redistribuciones materiales de signos y de imágenes, de relaciones entre lo que vemos y lo que decimos, entre lo que uno hace y lo que uno puede hacer. (...)

Los enunciados políticos o literarios tienen efecto en lo real. Ellos definen modelos de palabras o de acción, pero también de sistemas de intensidad sensible. Levantan las cartas de lo visible, de las trayectorias entre lo visible y lo decible, de las relaciones entre modos de ser, modos de hacer y modos de decir. Ellos definen las variaciones de intensidad sensibles, de las percepciones y las capacidades de los cuerpos. Ellos se apoderan  de ese modo de cualquier humano, profundizan las distancias, abren derivaciones, modifican las formas, las velocidades y los recorridos según os cuales ellos adhieren a una condición, reaccionan a situaciones, reconocen sus imágenes. Reconfiguran el mapa de lo sensible desdibujando la funcionalidad de los gestos y de los ritmos adaptados a los ciclos naturales de la producción, de la reproducción y de la sumisión. El hombre es un animal político porque es un animal literario, que se deja desviar de su destino “natural” por el poder de las palabras. (...)

los enunciados se aprovechan de los cuerpos y los desvíos de su destino, en la medida en que ellos no son cuerpos, en el sentido de organismos, sino cuasi-cuerpos, bloques de palabras circulantes sin padre legítimo que los acompañe hacia un destinatario autorizado. Tampoco producen ellos cuerpos colectivos. Más aún, ellos introducen en los cuerpos colectivos líneas imaginarias de fractura, de desincorporación. (...)

la circulación de esos cuasi-cuerpos determina modificaciones de la percepción sensible de lo común, de la puerta entre lo común de la lengua y la distribución sensible de los espacios y de las ocupaciones. Ellos dibujan de ese modo comunidades aleatorias que contribuyen a la formación de colectivos de enunciación que ponen en cuestión la distribución de los roles, de los territorios y de los lenguajes -brevemente, de esos sujetos políticos que cuestionan el compartir dado de lo sensible.



Jacques Ranciére. El compartir de lo sensible. 2012. Ed. Prometeo.



Edward Hopper



"sólo sé lo que veo trabajando" Giacometti

viernes, 17 de agosto de 2012

las cosas son el único sentido oculto de las cosas - pessoa



Antonio Berni. Escuela rural.




XXIV

Lo que nosotros vemos de las cosas son las cosas
¿Por qué veríamos nosotros una cosa si hubiese otra?
Por qué ver y oír sería engañarnos
Si ver y oír son ver y oír?
Lo esencial es saber ver,
Saber ver sin pensar,
Saber ver cuando se ve, Y ni pensar cuando se ve,
Ni ver cuando se piensa.

Por eso (¡tristes de nosotros que traemos el alma vestida!)
Eso exige un estudio profundo,
Un aprendizaje de desaprender
Y un secuestro en la libertad de aquel convento
Del que los poetas dicen que las estrellas
Son las monjas eternas
Y las flores las penitentes convictas de un solo día,
Pero donde al final las estrellas no son sino estrellas
Ni las flores sino flores,
Siendo por eso que las llamamos estrellas y flores.




XXXIX


El misterio de las cosas, ¿dónde está?
¿Dónde está él que no aparece
Por lo menos para mostrarnos que es misterio?
¿Qué sabe el río y que sabe el árbol?
Y yo, que no soy más que ellos, ¿qué sé de eso?
Siempre que miro las cosas y pienso en lo que los
Hombres piensan de ellas,
Río como un riacho que suena fresco en una piedra.

Porque el único sentido oculto de las cosas
Es no tener ningún sentido oculto.
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que los sueños de todos los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos
Que las cosas sean realmente lo que parecen ser
Y no haya nada que comprender.

Sí, he aquí lo que mis sentidos aprendieron solos:
Las cosas no tienen significación: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

sábado, 4 de agosto de 2012

magritte y la mirada





"me equivoqué de profesión..."


En el texto Verano, John Coetzee, crea un diálogo entre un entrevistador, biógrafo del propio Coetzee y un entrevistado, colega y amigo del mismo. El entrevistador indaga acerca de un aspecto de la vida del escritor, su labor docente:
“¿Podríamos volver a su labor docente? Escribe que no estaba hecho para ser profesor. ¿Está de acuerdo?
Yo diría que uno enseña mejor aquello que mejor conoce y le interesa más. John sabía bastante sobre una variedad de temas, pero no mucho sobre cualquier tema en particular. Considero que eso era un punto desfavorable. En segundo lugar, aunque había escritores por los que sentía un profundo interés, los novelistas rusos del siglo XIX, por ejemplo, esa profundidad no se reflejaba en su enseñanza, no resultaba en modo alguno evidente. Siempre retenía algo. ¿Por qué? No lo sé. Tan sólo puedo conjeturar que una reserva muy arraigada en él, que era un rasgo de su carácter, se extendía también a su manera de enseñar.
¿Entonces, cree usted que dedicó su vida a una profesión para la que no tenía talento?
Eso sería generalizar demasiado. Como académico, John era perfectamente adecuado. Sin embargo, no era un profesor notable. Tal vez si hubiera enseñado sánscrito habría sido diferente, sánscrito o cualquier otro tema en el que las convenciones te permiten ser un poco seco y reservado.
Cierta vez me dijo que se había equivocado de profesión, que debería haber sido bibliotecario. Sin duda es una apreciación que tiene sentido” Coetzee (2010: 206, 207)

viernes, 3 de agosto de 2012

una escena para leer... acerca de la igualdad en la escuela


fragmento del texto Emancipación, educación y autoridad, Bs As, Noveduc, 2012, de María Beatriz Greco

3.2. Trazos de una educación emancipatoria en escena

Escena 1: cuerpos “desplazados” y en común, la igualdad a escena en un espacio escolar de lectura y escritura.

Andar es no tener un lugar. Se trata del proceso indefinido de estar ausente y en pos de algo propio. Michel de Certeau (2007: 116)
                                                                       
         La escena se despliega en un espacio distinto al del aula, la biblioteca de la escuela recibe a los alumnos y a las dos profesoras de Lengua y literatura que conducen el proyecto[1]. Ocurre en una escuela pública del barrio del Abasto en la Ciudad de Buenos Aires. Alumnos y alumnas de 13 y 14 años han llegado a esta escuela desde barrios alejados en los alrededores, la estación de trenes cercana trae a este lugar de la ciudad a numerosas mujeres que trabajan limpiando casas o atendiendo comercios, hombres que trabajan como albañiles, niños y adolescentes que llegan con sus padres a escuelas de la zona y, en muchos casos, a trabajar también en “changas” u ocupaciones temporarias. Muchos son hijos de inmigrantes bolivianos y peruanos cuyas familias se han trasladado a esta ciudad en busca de mejores oportunidades de trabajo y de vida. La motivación del proyecto surge del interés de las docentes por generar mayores capacidades en sus alumnos para leer y escribir. Les preocupa el escaso hábito de lectura, la ajenidad con respecto a las lecturas que los programas de la materia proponen, el sentimiento de que escribir “no es para ellos”. Un supuesto destino de trabajo manual en oficios no especializados, parece esperar a estos jóvenes alumnos.

         La biblioteca los recibe en su silencio guardado por años dentro de las páginas de los libros, en el edificio centenario. El piso y los estantes de madera que tapizan las paredes parecen resistir el paso de las voces estridentes de los jóvenes reunidos, año tras año, por fuera de ella en los pasillos y las aulas. No es un espacio habitual para los alumnos, ellos consultan poco los textos allí reunidos y sus profesores no estiman necesario ir con ellos a este espacio tan cercano y lejano, a la vez.

         El taller de lectura y escritura se inicia una mañana de invierno en torno a la amplia mesa central. Sobre ella, los libros se hallan allí reunidos, desordenados, por momentos amontonados, en pilas que van variando su ordenamiento, entre libros que se mueven de mano en mano. Alumnos y profesoras no se sientan alrededor de la mesa, no se acomodan para leer sino que merodean, deambulan alrededor de la mesa, tocando, percibiendo colores y texturas, dejándose llamar por las letras de los títulos, su tamaño y su decir. Invitados por los textos, cada uno –tanto profesoras como alumnos y alumnas- seleccionan uno solo y ahora sí, se alejan del grupo, hacia un sitio apartado y más íntimo para entrar en sus páginas.
        
         Se les pide a los alumnos que piensen los motivos por los cuales eligieron esos objetos hechos de texto-textura-imágenes-palabras-peso-color y que recuerden a su vez, algún libro de la infancia que fuera significativo para ellos. Se los invita al relato oral, luego a la escritura, luego a la lectura de fragmentos, y así…
        
         Los encuentros se suceden semana a semana, los alumnos van hilando la experiencia de lectura y escritura presente con experiencias pasadas, lo vivido actual con lo que no fue vivido nunca, la sensibilidad de cada taller con la reflexión por fuera de la situación en la biblioteca. El retorno al aula ocurre diferente, se reducen las situaciones de agresión entre ellos, las profesoras los encuentran cada vez más calmos, a la vez entusiasmados, habitando los espacios escolares como propios, interesados en sí mismos y en los otros, en los objetos escolares que los convocan y en las palabras que sus docentes proponen alrededor de los textos. Ya no hace falta limitarlos por fuera de la escena misma, sancionarlos por sus conductas inadecuadas. Las autoridades se sorprenden. Generan la publicación de los poemas de estos “nóveles escritores” y el ser nombrado como tales, vuelve al proceso subjetivo de los alumnos para alimentar un nuevo giro emancipatorio.


[1] Este proyecto fue implementado en el marco del Programa de Fortalecimiento de las escuelas medias de la Ciudad de Buenos Aires del GCBA. Se analiza parte el material producido en él en el artículo “Cuestión de palabras, para pensar hoy las escuelas y las adolescencias”, Greco  (2007c :  285-303)

martes, 7 de febrero de 2012

clarice


(…) Lori entraba ella misma abrigando a los chicos, las voces en la clase eran múltiples, enseñaba confiada que los chicos y chicas guardarían lo que enseñaba para más adelante, cuando pudiesen entender. Así les habló de que aritmética venía de “arithmos” que es ritmo, que número venía de “nomos” que es la ley y la norma, norma del flujo universal del niño. Era demasiado temprano para decir eso, pero gozaba del placer de hablarles, quería que supiesen, a través de las clases de portugués, que el sabor de una fruta está en el  contacto de la fruta con el paladar y no en la fruta misma. No había aprendizaje de nada nuevo: era sólo redescubrimiento. Y llovía mucho ese invierno (…) y buscó y compró para todos los alumnos y alumnas de su clase, paraguas rojos y medias de lana rojas. Así es como ella encendía el mundo.

Clarice Lispector. Un aprendizaje o el libro de los placeres. Buenos Aires. Ed. Corregidor. 2011. (p. 99)

(...) Virginia, despierta en el instante apresurado se volvía hacia atrás, suavemente para no destruir nada, y sí, allá estaba la ardiente mitad ardiendo viva bajo el calor del sol, mitad frescamente negra... muerta y sombría, un lago en la floresta. Virginia respiraba, el rostro móvil, suelto. Sin ver, no obstante podía sorprender el campo en sombras detrás de la escuela, los yuyos largos vibrando nerviosos y verdes al viento. Un momento después, en una caída minúscula y silenciosa, las cosas se precipitaban en su verdadero color. La sala, el cielo, las niñas, se comunicaban entre sí con distancias ya marcadas, colores y sonidos fijos -el deslizar de una escena muchas veces ensayada- . Virginia comprendía confusa que todo había sido visto hacía muchos años. Para mirar de nuevo lo que ya viera y que ahora había huido como para siempre, intentaba comenzar por el final de la sensación: abría los ojos bien grandes de sorpresa. (...)

Clarice Lispector. La araña. Buenos Aires. Ed. Corregidor. 2009. (p.81)