Carta al padre. Franz Kafka. (Fragmentos)
Una vez me preguntaste por qué afirmaba yo que te temía. Como de costumbre, no supe qué contestarte, en parte precisamente por ese miedo que me infundes (…) Y ahora incluso este intento de contestarte por escrito quedará incompleto, porque también al escribir me inhiben frente a ti el miedo y sus consecuencias y porque la magnitud del tema sobrepasa mi memoria y mi entendimiento
(…)
éramos tan diferentes, y, en esta diferencia, tan peligrosos el uno para el otro, que si se hubiese conjeturado la relación entre yo, el niño que se desarrollaba despacio y tú, el hombre hecho, habría podido admitirse que simplemente me pisotearías, de modo que nada quedara de mí.
(…)
Tú sólo sabes tratar a un niño como tú mismo has sido criado: con fuerza, escándalo e iracundia, ya además esto te parecía aún más adecuado para el caso, pues querías hacer de mí un muchacho fuerte y valiente.
(…)
esa sensación de nulidad que a menudo me domina ha sido provocada en gran parte por tu influjo. Yo habría necesitado un poco de tu estímulo, un poco de amabilidad, un poco de abrirme el camino y tu, en cambio, me lo obstruías, ciertamente con la buena intención de que yo eligiese otro camino. Pero yo no servía para eso. Por ejemplo, me alentabas cuando yo hacía bien el saludo militar o el paso de marcha, pero yo no era un futuro soldado, o me animabas cuando yo lograba comer mucho y hasta tomar cerveza, o cuando repetía canciones que no entendía, o cuando repetía tus palabras favoritas, pero nada de eso pertenecía a mi futuro.
(…)
Como no me sentía seguro de cosa alguna, como a cada instante necesitaba una nueva ratificación de mi existencia, y nada parecía que fuera realmente mío, indudable, exclusivo para mí, un hijo desheredado, en verdad, naturalmente también lo más cercano, el cuerpo propio, se volvió inseguro para mí; crecí hacia arriba pero no sabía qué hacer con ello, la carga era muy pesada, la espalda se encorvó; apenas me arriesgaba a moverme.
(…)
Tú eras para mí la medida de todas las cosas. (…) Desde tu sillón gobernabas el mundo. Tu opinión era correcta y cualquier otra absurda, disparatada, loca, anormal. Podías por ejemplo, despotricar contra los checos, luego contra los alemanes, luego contra los judíos, y esto en cualquier sentido, sin selección alguna, y finalmente no se salvaba ya nadie más que tú. Adquirías para mí lo enigmático que poseen todos los tiranos, cuyo derecho se funda en su persona y no en el pensamiento.
(…)
Todo mi pensamiento se encontraba bajo tu pesada presión, incluso el que no coincidía con el tuyo y ese aún más. Tales pensamientos, en apariencia independientes de ti, llevaban desde el principio el peso de tu veredicto decisivo; soportar esto, hasta el desarrollo completo y permanente del pensamiento, era casi imposible. No me refiero aquí a ninguna clase de pensamientos elevados, sino a cada intento pequeño de la niñez. Bastaba sentirse feliz por alguna cosa, absorbido por ella y expresarla, para que la respuesta fuese un suspiro irónico, una sacudida de cabeza, un golpeteo de dedos sobre la mesa.
(…)
Me resultó siempre incomprensible tu total insensibilidad por el dolor y la vergüenza que podías infligirme con tus palabras y opiniones; era como si no tuvieses la menor conciencia de tu poder.
(…)
tú, el hombre tan enormemente decisivo para mí, no cumplías tu mismo con los preceptos que me imponías. Por eso el mundo quedó dividido para mí en tres partes: una, donde vivía yo, el esclavo, bajo leyes inventadas exclusivamente para mí, a las que yo, además, y sin saber por qué, jamás podía satisfacer del todo; luego un segundo mundo, infinitamente alejado del mío, en el que vivías tu, ocupado en gobernar, dar órdenes y enojarte por su incumplimiento, y, finalmente, un tercer mundo, donde vivía la demás gente, feliz y libre de órdenes y de obediencia.
Kafka F. Carta al padre. Buenos Aires, Ed. Leviatán. 2010.


