Nuestro tiempo nos coloca por delante un importante desafío, volver a pensar una relación fundamental que hace a la transmisión entre generaciones, una relación que sólo se piensa o se critica y analiza cuando su formato anterior parece ya no ser ni tener los efectos que tenía en otro tiempo. Pero lejos de nostalgias y lamentos acerca de la autoridad del maestro perdida, nos toca reinventar, desarmar lo que aparece ya hecho, anudado, cerrado y sin vueltas, para colocarnos a la altura de las actuales circunstancias.
Contamos abundantemente en educación con teorías de la distinción de seres, de sujetos con atributos, de niños/as y adolescentes categorizados, de maestros en problemas, teorías que proliferan en las escuelas, en las que un conjunto de profesionales (algunos maestros, profesores, psicólogos, sociólogos) despliegan sus saberes confirmadores de categorías. Sin aventuras intelectuales, estos saberes se unen entre sí para confirmar y garantizar un trazado desigualitario en las escenas educativas.
La propuesta de concebir una “autoridad emancipatoria” contribuye a una indagación que gira la mirada hacia la autoridad misma y a la institución que la sostiene. El lugar del que enseña se vuelve así posible de ser interrogado, “criticado” y reconfigurado. Para ello, se requiere echar a andar sentidos aletargados y en ese movimiento, componer un nuevo lugar para la autoridad hoy, en nuestro tiempo. Una posición de autoridad.
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