autoridades de otro tiempo

autoridades de otro tiempo
mirarlas para volver a pensar la posición docentes actual

lunes, 28 de noviembre de 2011

acerca de la autoridad del que enseña y su pasión al transmitir


“¿Podríamos volver a su labor docente? Escribe que no estaba hecho para ser profesor. ¿Está de acuerdo?
Yo diría que uno enseña mejor aquello que mejor conoce y le interesa más. John sabía bastante sobre una variedad de temas, pero no mucho sobre cualquier tema en particular. Considero que eso era un punto desfavorable. En segundo lugar, aunque había escritores por los que sentía un profundo interés, los novelistas rusos del siglo XIX, por ejemplo, esa profundidad no se reflejaba en su enseñanza, no resultaba en modo alguno evidente. Siempre retenía algo. ¿Por qué? No lo sé. Tan sólo puedo conjeturar que una reserva muy arraigada en él, que era un rasgo de su carácter, se extendía también a su manera de enseñar.
¿Entonces, cree usted que dedicó su vida a una profesión para la que no tenía talento?
Eso sería generalizar demasiado. Como académico, John era perfectamente adecuado. Sin embargo, no era un profesor notable. Tal vez si hubiera enseñado sánscrito habría sido diferente, sánscrito o cualquier otro tema en el que las convenciones te permiten ser un poco seco y reservado.
Cierta vez me dijo que se había equivocado de profesión, que debería haber sido bibliotecario. Sin duda es una apreciación que tiene sentido” Coetzee J. Verano (2010: 206, 207)

(…) con los gestos imperceptibles del educador genial lo había colocado bajo el manto protector de una comunidad humana. El hombre pertenece a algún lugar, eso es todo. (…) Sabía mostrarse como un compañero y, sin embargo, mantenía su autoridad. A los cincuenta años, en la época de las grandes crisis de los hombres, se puso enfermo, y entonces Kristóf se quedó solo de nuevo. No obstante, los tres años que había pasado junto al sacerdote bastaron para llenar su espíritu de contenidos secretos y fuerzas misteriosas. Kristóf se alimentó durante mucho tiempo de las energías acumuladas en esos tres años.
(…) Kristóf siguió oyendo su voz durante muchos años. Un día la voz se apagó y en su lugar se instaló una especie de sordera, una sordera agradable. Por largo tiempo vivió así, trabajó así; se movía por su casa y por el despacho, juzgaba y sentenciaba, y entre tanto sabía que se estaba defendiendo, que aquella voz, desde algún lugar en medio de la sordera apagada, le ordenaba algo diferente… Vivía en un estado parecido a las primeras luces del alba, a ese momento de somnolencia en que ya podemos oír los sonidos del mundo pero no los distinguimos todavía con claridad (…)
Quizá se tratase de eso, de no defenderse… Hay algo evidente en el ser humano, tan evidente que parece un grito: basta con no desatender la llamada. (…) y su recuerdo se mantenía vivo en Kristóf no en forma de imagen, sino más bien de texto escrito, originario y esencial, de palabras que se le presentaban borrosas, como se recuerdan las frases de alguien al cabo de los años. Marai  S. Divorcio en Buda (2007: 45, 47, 50)


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